EDUCAR…


Educar es lo mismo
que poner motor a una barca…
hay que medir, pesar, equilibrar…
… y poner todo en marcha.
Para eso,
uno tiene que llevar en el alma
un poco de marino…
un poco de pirata…
un poco de poeta…
y un kilo y medio de paciencia
concentrada.

Pero es consolador soñar
mientras uno trabaja,
que ese barco, ese niño
irá muy lejos por el agua.
Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras
hacia puertos distantes,
hacia islas lejanas.

Soñar que cuando un día
esté durmiendo nuestra propia barca,
en barcos nuevos seguirá
nuestra bandera
enarbolada.

(Gabriel Celaya)



"...en cuanto educadores no nos queda más remedio que ser optimistas, ¡ay! Y es que la enseñanza presupone el optimismo tal como la natación exige un medio líquido para ejercitarse. Quien no quiera mojarse, debe abandonar la natación; quien sienta repugnancia ante el optimismo, que deje la enseñanza y que no pretenda en pensar en qué consiste la educación. Porque educar es creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de aprender y en el deseo de saber que le anima, en que hay cosas que pueden ser sabidas y merecen serlo, en que los hombres podemos mejorarnos unos a otros por medio del conocimiento. De todas estas creencias optimistas puede uno muy bien descreer en privado, pero en cuanto intenta educar o entender en qué consiste la educación no queda más remedio que aceptarlas. Con verdadero pesimismo puede escribirse contra la educación, pero el optimismo es imprescindible para estudiarla... y para ejercerla. Los pesimistas pueden ser buenos domadores pero no buenos maestros."

(El valor de educar de Fernando Savater)

Visto y leído en: UCLM

Imagen de: palabras amigas

Cuento de Claudia de Ángelis


EL DESTINO DE LAS PALABRAS

Después de leer la página marcada en el libro, los miró y guardó silencio. Separó la silla del escritorio y caminó por el aula entre pupitres gastados y la humedad invernal. Se sentía raro, sabía que sus palabras se habían sentido como un cachetazo. Había mucho para gritar, pero prefirió morderse los labios. Aquellos ojos de miradas vacías y estériles no hacían más que seguirlo sin parpadear.

El sonido de las palabras enmudecidas lastimaba como una herida abierta. Esperaba que alguien se expresara, pero fue inútil. Estaban acostumbrados a callar, a silenciarse con todos sus sentidos. Tenían miedo de gritar, de ser ellos mismos y de ser aceptados.

Una imagen en su mente lo distrajo por unos segundos. Era joven otra vez. Estaba en la estación del ferrocarril donde esperaba. Volvía a experimentar esa emoción del día en el que entró a la escuela N.° 37 “Las Lomitas” por primera vez. Los bancos vacíos, las paredes descascaradas, el piso de material, parecían esperar a alguien.

Recordó sus temores y luego su perseverancia, esa cualidad que lo había animado siempre a seguir cuando sus fuerzas parecían desvanecerse.

En poco tiempo, Juan festejaría diez años en el ejercicio de su profesión. Cuando se dio cuenta que estaba parado quieto en el aula y colgado de sus recuerdos, reaccionó. Deslizó los anteojos por su cabello entrecano y refregó sus ojos.

El murmullo de las palabras de sus alumnos era el único sonido audible. Preguntaban, aludían, comentaban, se declaraban y para Juan todo esto era un logro. La palabra dicha en voz alta o a través de los gestos. La piel manifestarse. Aquel destino que había comenzado en la estación de tren había sido escrito para él.

Cuando llegó la hora de finalizar la clase Juan se despidió, pero sus alumnos continuaron sentados en sus bancos; sabían que allí algo había cambiado. Por primera vez, habían sido escuchados y habían aprendido a escuchar.


Copyright © 2013. ® Claudia de Ángelis. Buenos Aires, Argentina



Ilustración: Estudiantes en clase - Jorge López Lorenzana



Mi colegio nuevo, de Apuleyo Soto



MI COLEGIO NUEVO

Hoy estreno, mamá,
colegio nuevo;
es grande como el campo
y toca el cielo.
Tiene la sierra a un lado
y al otro el pueblo;
los libros y los mapas
quedan en medio.
¡No sabes cuánto estudio
y cuánto aprendo
y cuántos profesores
y amigos tengo!
¡Ponme la cartera,
que voy que vuelo
a abrir los ventanales
y los cuadernos!
¡Date prisa, mamá!
Salta en mi pecho
un globo de colores
con sueños dentro.
-No corras, hijo mío.
Ven, que te peino.
-Mañana, es muy bonito
mi pelo al viento.

Poesía publicada en "La poesía es una niña", de Apuleyo Soto



Ilustración: Eneko González Yagüe

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